El futuro de la Argentina requiere superar viejas disyuntivas que sólo condujeron a reiterados fracasos. Es necesario superar discursos de otras épocas. Los grandes retos que nos depara nuestro tiempo requieren más que nunca dejar de lado las ideologías, obviar rencores y pasiones para comprender dónde estamos parados. ¡Debemos ser pragmáticos!

¿Cómo es posible que en vísperas a la tercera década del Siglo XXI aún no hayamos aprendido las lecciones de nuestra historia? Todos compartimos el amor por el país, todos aspiramos a un país mejor, todos trabajamos por un mejor porvenir.

No busquen enemigos en el campo porque no los encontrarán, en el campo solo hay compatriotas que trabajando y arriesgando su capital aportan día a día al conjunto de la economía nacional, tal como lo hace un industrial, un empleado de comercio o un profesional de la ciudad. Por eso es que pretendemos, como mínimo, el mismo trato.

El campo históricamente tiró el carro de nuestra economía y no dejó de hacerlo ni en nuestros peores momentos. Debemos pues, entender de una vez, que el campo no es la vaca que hay que ordeñar o abatir, sino el caballo que debemos cuidar porque su función es tirar el carro. No pretendamos resultados diferentes si volvemos a repetir los mismos errores de siempre.

El campo quiere aportar a la economía nacional, quiere ser parte de la lucha contra el hambre, quiere ser el motor que mueva al país, quiere generar crecimiento y desarrollo desde el interior del país hacia las grandes ciudades. Pero este objetivo solo se logrará con mayor producción y con mayor superficie de área cultivada. No existe una fórmula mágica o soluciones mesiánicas. Solo de esta manera, de forma progresiva y sostenida en el tiempo, se pondrá en marcha al engranaje de las economías regionales que traerá más ocupación, que permitirá diversificar más los cultivos, que generará nuevos negocios y más industrias que agreguen valor en origen. 

La única forma de revertir la migración histórica del interior a los centro urbanos, que terminan por sobrepoblar los barrios más humildes de los cinturones industriales donde cada vez más compatriotas padecen la pobreza, la falta de oportunidades y acaban por ser un peso gravoso para las arcas del estado y por consiguiente, a los contribuyentes, es haciendo las cosas diferente. Tengamos en cuenta que en los últimos 16 años desaparecieron unos 80.000 productores rurales y son justamente en su mayoría pequeños y medianos, aquellos que no han podido sobrevivir a una presión impositiva confiscatoria por encima del 60 o 70%.

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Hacer las cosas diferente significa revertir las viejas causas de nuestro fracaso, es decir, volver a cuidar y darle un rol protagónico al viejo caballo que tira el carro. En cada localidad del interior donde el campo crece se genera el crecimiento de las industrias y de las empresas de servicios ligadas al agro. La combustión que mueve el engranaje está en la fuerza natural de nuestro sector productivo. Solo de esa manera es posible generar arraigo y pertenencia con oportunidades y con expectativas de futuro.

Nuestro porvenir como Nación está atado a la suerte del campo, entre otros sectores que también debemos desarrollar. Pero para que el caballo tire del carro con más fuerza es necesario dejarlo hacer lo que bien sabe hacer: producir, producir y producir. Exportar y continuar expandiendo los dos tercios de todas las ventas nacionales al exterior y por sobre todo, mantener y cuidar los más de 250 nuevos mercados externos abiertos en los últimos años.

Pero para producir es necesario previsibilidad en el tiempo, que aflojen la rienda, que dejen de ponerse trabas mediante regulaciones, impuestos injustos y por sobre todo, como en el caso de las retenciones, distorsivos. Que el Estado no sea un socio que únicamente aparece en las buenas. Que el Estado sirva a la producción y no al contrario. Tampoco queremos subsidios, no los necesitamos.

Estamos dispuestos tirar del carro como siempre lo hemos hecho. 

Estamos convencidos que el país sale adelante junto al campo y la ciudad, pero juntos y nunca sin el campo, menos aún contra el campo.